
El diagnóstico de cáncer de mama puede marcar un antes y un después en la vida, pero no define a quien lo padece. Detrás de cada consulta, estudio y tratamiento existe una historia hecha de familia, amistades, trabajo, sueños, miedos y las pequeñas cosas que le dan sentido a la vida.
Leticia, Michelle, Cindy y Mayra comparten sus experiencias al atravesar un diagnóstico de cáncer de mama. Cada una llegó a este proceso desde una historia diferente y, aunque sus caminos no fueron iguales, encontraron algo en común: el acompañamiento de quienes estuvieron a su lado y la posibilidad de descubrir nuevas formas de vivir y reconocerse después del cáncer de mama.
Leticia: volver a elegir la vida
Leticia Pedrero tiene dos hijos y disfruta dedicar parte de su tiempo a la introspección. Años atrás ya había padecido cáncer de mama y por segunda ocasión volvía a enfrentarse a esta enfermedad. Volver a escuchar su diagnóstico significó enfrentarse de nuevo a la incertidumbre.
Esta vez fue distinto. Su nuera, Michelle, había recibido su propio diagnóstico de cáncer de mama apenas unas semanas antes, por lo que ambas atravesaron el camino juntas, compartiendo experiencias y apoyándose la una a la otra.
Durante el tratamiento, uno de los mayores retos fueron las 30 sesiones de radioterapia. Lo que parecía sencillo desde afuera implicaba para ella un gran esfuerzo durante cada sesión, permanecer en una posición que le resultaba difícil era lo más complicado.
Después de todo lo vivido, Leticia decidió aprovechar de otra manera las oportunidades que tiene. Retomó actividades como el yoga y la meditación, y comenzó a darle mayor valor a su bienestar.
“Si tú ves otra oportunidad de seguir, lo voy a hacer al máximo. No voy a estancarme”, expresa Leticia.
Su experiencia también le dejó una certeza, el apoyo de la familia puede convertirse en una fuerza que ayuda a atravesar incluso los momentos más complicados.

Michelle: una vida que no quería dejar a medias
Michelle tiene 47 años, es diseñadora gráfica, es mamá de dos niñas y disfruta viajar, hacer ejercicio y compartir tiempo con sus amigas y su esposo. Desde años atrás acostumbraba a realizarse estudios de detección con regularidad, especialmente porque el cáncer de mama ya había tocado de cerca a su familia.
Cuando recibió la noticia de su diagnóstico, sintió miedo. Su más grande preocupación era todo aquello que todavía quería vivir junto a sus hijas.
“No he acabado los álbumes, no he acabado nada. O sea, voy a quedarme toda a medias”, recuerda Michelle.
Su familia fue una parte fundamental de su proceso. Su esposo estuvo a su lado y sus hijas, aunque también tenían miedo, encontraron la manera de acompañarla con palabras que ella todavía recuerda: “Échale ganas, mami, todo va a estar bien”.
Con el tiempo, Michelle aprendió a escuchar más su propia voz. A permitirse descansar cuando lo necesita, decir que no cuando no quiere hacer algo y reconocer que cuidarse también significa ponerse como una prioridad. Su proceso no solo cambió su rutina. También le mostró una fortaleza que antes no sabía que tenía.
“Estoy orgullosa de ti. Mucho”, es el mensaje que hoy le daría a la mujer que comenzó aquel camino.

Cindy: cuando la vida deja de estar en pausa
Cindy tiene 34 años y es arquitecta. Disfruta especialmente del pilates, visitar los cerros durante el otoño y el invierno y tomar talleres de repostería.
Cuando recibió su diagnóstico tenía 32 años. Una de las primeras cosas que sintió fue que su vida se había puesto en pausa.
“Todo tu entorno sigue con su vida y obviamente pues no puedes detener su vida, pero tu único enfoque en ese momento es salir adelante”, recuerda Cindy.
Para ella, el proceso estuvo lleno de consultas, estudios y tratamientos. También tuvo que aprender a aceptar algo que no siempre le resultaba sencillo: recibir ayuda.
Al principio prefería acudir sola a sus citas y radioterapias. Pensaba que debía guardar la posibilidad de necesitar compañía para momentos que pudieran ser más complicados. Sin embargo, poco a poco permitió que las personas que la querían estuvieran a su lado.
Después del tratamiento llegó otro momento inesperado, volver a la vida cotidiana. Cuando terminaron los estudios y llegó el momento de regresar a las revisiones periódicas, Cindy se preguntó qué seguía.
Una psicóloga le ayudó a entenderlo a través de una comparación que se quedó con ella, había pasado por un tsunami y ahora tocaba reconstruir.
Esa reconstrucción también significó descubrir nuevas cosas. Cambió algunas actividades, conoció otros intereses y entendió que no tenía que regresar exactamente a la persona que era antes.
“Eres la misma persona, pero el simple hecho de haber vivido, experimentado todo eso, pues te cambia”, reflexiona Cindy.

Mayra: mirar la vida de otra manera
Mayra es psicóloga y psicoterapeuta Gestalt. Es mamá de dos hijos, tiene dos perros y dos gatos y encuentra en su profesión una de sus grandes pasiones, y por eso mismo enfrentarse personalmente a un diagnóstico significó también encontrarse con emociones que durante años había acompañado en otras personas.
Cuando recibió la noticia, sintió miedo. No solamente por ella, sino por la posibilidad de provocar dolor en las personas que ama.
“Era el dolor que iba a provocar en los que amo y me aman, esa posibilidad de evitar el dolor”, recuerda Mayra.
Su esposo se convirtió desde el primer momento en parte de su red de apoyo. Juntos decidieron atravesar el proceso y enfrentar las posibilidades que venían para su familia.
Para Mayra, el acompañamiento médico también tuvo un peso especial. Describe a su doctora, Anya Adame, cirujana de mama, de Hospital CHRISTUS MUGUERZA Cumbres como una especie de cuerda a la que pudo aferrarse cuando sentía que todo alrededor se volvía incierto. Esa cuerda no se quedó solamente en ella, también alcanzó a su esposo y a sus hijos.
Durante el proceso, Mayra aprendió a reconocer el valor del amor y del acompañamiento en sus formas más sencillas, un abrazo, una mirada, una mano que sostiene.
Al terminar su tratamiento, comprendió que no había ganado una guerra. Había ganado algo diferente, una nueva manera de mirar su vida.
“Enriquecí mi vida de una manera muy profunda”, afirma Mayra.
Para ella, la experiencia significó aprender a aceptar que algunas cosas están fuera de su control y reconocer que incluso los momentos difíciles pueden traer una transformación.

Cristina y Anya: acompañar también es parte del tratamiento
Para las doctoras Cristina Salazar y Anya Adame, ambas cirujanas de mama, acompañar a una paciente significa mucho más que atender su enfermedad.
Cristina es mamá de dos hijas y disfruta pasar tiempo con su familia, ir al cine y convivir con sus animales. Anya, de 33 años, disfruta leer, ir al gimnasio y pasar tiempo con sus dos gatos. Las dos coinciden en algo, la conexión con sus pacientes es una de las partes que más valoran de su profesión.
Dar un diagnóstico nunca es sencillo. Cristina reconoce que no existe una manera fácil de pronunciar una noticia que puede cambiar la vida de una persona. Además, su propia historia familiar le ha permitido comprender de cerca la carga emocional que puede acompañar a la enfermedad.
“Cuando te dicen la palabra ‘cáncer’, ya no escuchas nada”, explica Cristina.
Por eso considera fundamental que las pacientes tengan acceso a apoyo psicológico y que, cuando sea posible, toda la familia participe en ese proceso. El diagnóstico no solamente lo vive quien está enfermo, también transforma la dinámica de quienes están alrededor.
Anya comparte esa perspectiva. Para ella, uno de los compromisos más importantes es explicar con claridad qué está sucediendo y qué viene después, sin agregar miedo a una situación que ya genera incertidumbre.
“Es válido no tener todas las respuestas ahorita. Es válido tener mucho miedo, enojarse”, señala Anya.
Su propuesta es avanzar paso a paso, un estudio, una consulta, un tratamiento a la vez. Para Anya, estar informada ayuda a recuperar parte del control y permite que la paciente entienda que su historia no termina con un diagnóstico.
Pero acompañar también tiene un impacto en quienes están del otro lado del escritorio. Cristina y Anya reconocen que escuchar historias difíciles puede generar un desgaste emocional importante. Por eso ambas han encontrado en la terapia una herramienta para procesar lo que viven y mantener un equilibrio entre la empatía y su propia vida.
“Es un privilegio y es un honor”, expresa Anya sobre la posibilidad de acompañar a sus pacientes.
Más allá del diagnóstico
Las historias de Leticia, Michelle, Cindy y Mayra son diferentes. Hoy, cada una continua desde un lugar diferente, con nuevas rutinas, nuevos aprendizajes y una mayor conciencia de lo que significa cuidarse.
Porque detrás de cada diagnóstico hay una persona que sigue teniendo sueños, planes y una vida que merece seguir siendo contada.
Todas ellas nos demuestran que hay un futuro después de un diagnóstico, y que el bienestar comienza con un simple paso. Hazlo por ti. Agenda tu estudio de mama hoy.


